Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Revisiones







CHAT



Enter Living Love Universe
EXTRACTOS DEL LIBRO
TANTRA, AMOR Y SEXO
El corazón del sexo tántrico
by Diana Richardson

Capítulo 4




flowers
Conciencia de cuerpo y mente

Conjunción de sexo y meditación es la forma más simple de definir el arte del tantra. Se trata de un episodio espiritual, a la vez que físico, donde dos extremos, al parecer opuestos, se unen para formar uno solo.
Cuando esto sucede, surge un soplo mágico que nos transporta a una cuarta dimensión donde nos sentimos misteriosamente envueltos en un fascinante ´momento presente´.
En este fantástico reino todo es maravilloso y radiante; un mundo jalonado de estrellas que llena nuestros ojos de luz y frescura; un mundo que susurra a nuestro corazón una canción de amor y que nos hace mirar desde una nueva perspectiva lo que nos rodea, a nuestra pareja y a nosotros mismo.
Es un momento en que nos sentimos sumamente sensibles y permeables porque la energía esencial del Universo, el pulso mismo de la vida, palpita en nosotros.
En actos sexuales practicados segán los cánones tradicionales no nos es posible alcanzar este grado de sensibilidad y vivencia debido a que normalmente no somos conscientes de lo que está sucediendo.
Simplemente nos limitamos a ´hacerlo´; en muchas ocasiones de manera mecánica o rutinaria, unas veces disfrutando del acto y otras no, pero casi siempre distraídos por la propia actividad del mismo. En el sexo consciente intentamos estar al tanto de lo que está sucediendo en cada instante, y es esta conciencia de la realidad la que nos sirve para crear la oportunidad de tener la mayoría de las veces una experiencia amorosa enriquecedora.
Y esto sucede porque conocemos la naturaleza real de la energía sexual; la cual no es otra cosa que una conciencia de la realidad que transforma el sexo en amor.


Una meditación natural

Por lo dicho anteriormente, el tantra nos invita a ser conscientes de nosotros mismos mientras realizamos el acto sexual.
No tenemos por qué distraernos o convertirnos en unos muñecos mecánicos; nuestra atención tiene que proyectarse hacia el interior, tenemos que estar presentes para nuestros sentidos y sentimientos, tenemos que estar ´aquí´.
Al tiempo que hacemos el amor surge una meditación natural.
Para la mayoría de las personas, meditar es estar solas y sentadas en el suelo con el tronco erguido, permaneciendo tranquilas y sin hacer un solo movimiento; en efecto, estas son las condiciones ambientales para la meditación, pero sólo para una determinada forma de meditación.
Los movimientos en el acto sexual no tienen que ser violentos o apremiantes sino más bien relajados.
Tienen que girar alrededor de un centro de quietud como sucede en el ballet, en el tai chi o en la natación. En contra de la creencia popular, la meditación puede llevarse a cabo con más facilidad durante el acto sexual ya que la intensidad del placer físico que este acto genera nos ayuda e incluso nos fuerza a pensar en lo que está sucediendo mientras sucede.
El hecho de tener conciencia de este floreciente momento crea la experiencia del ´aquí´, la experiencia de ´estar presente´ de la que emana la paz interior y la relajación. Y esto es precisamente lo que busca la meditación. El simple hecho de conseguir que la consciencia resida dentro del cuerpo, ya estemos en movimiento o en reposo, crea silencio, profundidad y presencia. El cuerpo puede moverse de un lado a otro y cambiar de posición, puede incluso revolotear, pero la consciencia permanece quieta y serena. Ralentizar el ritmo y no tener prisas durante el acto sexual a fin de experimentar el ´presente´, es la forma con la que podemos empezar a tener una idea de lo que es la consciencia.
Debemos tomarnos nuestro tiempo para escuchar y estar interiormente atentos a las sutilezas que se desprenden de un foco o serenidad interior.
Si la pareja contináa haciendo el amor de esta forma relajada, conseguirá, con el tiempo y la costumbre, un nuevo nivel de sensibilidad y percepción sensual; y, además, la experiencia se hará cada vez más placentera y extática. De esta forma, el sexo se puede convertir en una profunda y dilatada meditación en cuyo transcurso se produce una perfecta comunión entre los cuerpos y los espíritus de dos seres que se están amando.
Cuando hablamos de cambiar el modo de hacer el amor, no tenemos más remedio que referirnos al estado de conciencia, ya que es en este estado donde está la clave de todo el asunto. Es, por descontado, el instrumento más indicado para elevar el sexo a una nueva altura.
El primer paso para alcanzar este estado de conciencia es permanecer, durante todo el acto sexual, continuamente atentos a nuestro cuerpo y siempre al tanto de lo que estemos haciendo y sintiendo.
De esta manera, poco a poco, nos iremos percatando de cada movimiento, de cada gesto y de cada suspiro. Cuando aprendamos a percibir todo lo que está sucediendo en el interior de nuestro cuerpo, y a estar con él, el propio acto sexual se convertirá en un punto de referencia o ámbito de percepción. El mismo fenómeno de serlo y de percibirlo, lo transformará.
Cuando introduzcamos el estado de conciencia en nuestros cuerpos, nos sorprenderemos al descubrir que hay en él todo un mundo compuesto de muchas realidades diferentes que actáan al mismo tiempo. El corazón late, la respiración sube y baja, a la par que sentimos por todo el cuerpo ciertas vibraciones acompañadas de sensaciones de hormigueo y calor, e incluso de luz.
Si nos involucramos demasiado en formas externas a nosotros mismos, esto es, en su color, contenido o carácter; si nuestras mentes están preocupadas por algo o por alguien, lo más normal es que nuestro estado de conciencia se convierta en algo difuso e ineficaz. Asimismo, nuestro estado de conciencia se ve negativamente afectado por nuestro propio interés por el orgasmo, ya que concentrar nuestra atención en algo que está por llegar, hace que nos perdamos el maravilloso ´momento presente´.
Incluso aunque fuésemos un segundo por delante de nosotros, estaríamos de hecho ausentes.
En cuanto empecemos a desprendernos del hábito de estar ausente durante el coito, tenemos que comenzar a implantar nuestra presencia en su lugar.
Tenemos que aprender a permanecer en nuestro cuerpo en el ´aquí y ahora´ y esto requiere un sólido estado de conciencia.


Enfoquemos nuestra atención en el ´momento presente´

Con el fin de crear un verdadero ´momento presente´, el sexo nos ofrece la oportunidad de utilizar e intensificar nuestro estado de conciencia. Aprendemos a ´estar´ más en el acto sexual y a ´hacer´ menos durante el mismo. Y de esta mágica experiencia tántrica surge el ´momento presente´.
De pronto, en donde no hay meta alguna, aparece un torrente de una espontánea y desinhibida energía vital. La atracción entre el pene y la vagina es tan fuerte, tan llena de vida, que da fácil acceso al ´momento presente´. Cuando paseamos, por ejemplo, es fácil que nuestra mente se pueble de pensamientos porque el contacto de los pies con el suelo a través de unos zapatos no es precisamente una sensación arrobadora (aunque podría serlo si nosotros quisiéramos).
De igual modo, cuando cocinamos, la cuchara de madera que tenemos en la mano no nos produce un gran deleite ni tampoco un arrebatador entusiasmo.
En estas ocasiones es fácil para la mente sumirse en otros asuntos.
La intensidad de la unión sexual y su gran poder absorbente hacen que nos resulte fácil tener conciencia del evasivo ´momento presente´; cosa que no sucede cuando paseamos, cocinamos o realizamos cualquier tarea doméstica.
Los placeres del sexo, junto con el estado de conciencia, forman una experiencia cuya propia naturaleza nos puede hacer entrar en el ´momento presente´.


Tened conciencia de vosotros mismos

Para ayudarnos a entrar en el ´momento presente´, el tantra nos pide que centremos nuestra atención y estado de conciencia en nosotros mismos. En el sexo convencional, lo normal es que la atención recaiga en primer lugar y principalmente en la otra persona, puesto que nuestro inmediato deseo es proporcionarle placer a nuestra pareja. øCómo lo estará pasando?, me preguntaba yo misma. øSe sentirá él a gusto? øLo estoy haciendo bien? øHago lo justo o me estoy excediendo? Como puede apreciarse, él era casi más importante que yo.
Dado que yo dedicaba toda mi atención a mi pareja de esta u otras maneras, notaba que no tenía una verdadera conexión con mi cuerpo o la sensación de estar arraigada hacia dentro y hacia abajo.
Al contrario, yo estaba toda arriba y fuera; y ello, porque en esencia estaba haciendo el amor para otra persona. El tantra me enseñó a atraer de nuevo mi atención hacia mí, a olvidarme del hombre y a dedicarme primero a mi propia energía.
Me enseñó a restituir dentro de mi cuerpo el estado de conciencia con un sentido interno y descendente, a sentir mi vientre y mi respiración, y a hacer el amor para mí misma antes de empezar a preocuparme por él. Quizá lo anterior parezca descabellado, pero allí estaba el quid de la cuestión.
Este comportamiento sexual creó en mí una calma y relajación de las que emanaron una intimidad y atracción naturales que disolvieron fácilmente las inseguridades. Todo consistía en que yo dotara de energía mi cuerpo y me uniese a él antes de fundirme con el otro. Y, de esta forma, yo ofrecía mi cuerpo a mi pareja; un cuerpo afinado hacia el interior, vivo y gozosamente dispuesto a hacer el amor.
Con esta actitud de ser nosotros mismos el primer foco de atención, de arraigarnos y centrarnos hacia nuestro interior, pueden suceder muchas más cosas en el transcurso del juego del amor. Al principio, todo lo anterior quedó claro para mí durante mis prácticas y mis enseñanzas de tratamiento corporal.
Dar masajes es algo que siempre me ha gustado mucho. Así que un buen día decidí que debía perfeccionarme aán más en esta actividad. Para llevar a cabo mis propósitos aprendí nuevas técnicas, todas ellas muy avanzadas y complejas. Con este flamante bagaje profesional emprendí de nuevo la tarea, pero, para consternación mía, noté que el gusto y la alegría de dar masajes desaparecían cuando me empeñaba en conseguir un determinado resultado. Después de cierto tiempo, tomé la decisión de dejar a un lado todas las modernas y complicadas técnicas que había aprendido y volver al masaje mágico y sencillo que, con untado previo de aceite, consistía en trabajar los contornos del cuerpo de arriba abajo y en resbalar y deslizar las manos a lo largo de toda la masa muscular.
De este modo exploraba el cuerpo con mis manos en busca de nudos y tendones agarrotados y podía sentir toda una gama de deliciosas texturas cada una de ellas representando en sí misma una atrayente historia. Para mi gusto, estos eran los sitios más ´jugosos´ de palpar, así que pronto dejé de pensar en cómo lo hacía para concentrar toda mi atención en lo que estaba tocando. øQué estarían sintiendo los tejidos corporales de debajo de la piel? øQué es lo que más les gustaría a las yemas de los dedos explorar? øQué es lo que sería más delicioso para mí, si fuese yo la que estuviese tendida en la camilla de masajes? øQué es lo que mis manos desearían tocar más y cómo lo harían? Empecé así a olvidarme de la persona a la que estaba dando masaje y a concentrarme exclusivamente en los movimientos de mi propio cuerpo, en mi respiración, en mi relajación interna y en el interior del cuerpo que recibía la acción de mis exploradoras manos.
Pude notar que cuanto más me concentraba en mi cuerpo y en mis manos, más intenso parecía el relajamiento de la persona hasta el punto de que emanaba de su cuerpo un silencio casi sonoro.
Al final, la persona se sentía extremadamente reconfortada por el masaje a la par que profundamente descansada, tranquila y vigorizada. Había perdido el sentido del tiempo, viviendo así una hora de incorpórea eternidad.
La cosa estaba fuera de toda duda: cuanto más me concentraba en mí misma y en el momento, más dispuesta estaba la otra persona a relajarse y a replegarse hacia su interior. Confieso que llegué a sentirme culpable por olvidarme durante la sesiones de sus dolencias físicas; si bien, en seguida me reconfortaba pensando que siempre que sentía agrado en tocar sus cuerpos la gente se sentía mejor e incluso enriquecida. En la actualidad inculco a mis alumnos de masaje la necesidad de concentrarse en ellos mismos y en el profesional placer de tocar y aliviar, así como de que dejen de preocuparse demasiado por la técnica y que simplemente llenen sus manos de amor y consciencia cuando toquen cuerpos ajenos.
La técnica tiene su valor, pero aán tiene más valor la persona que la utiliza.


Relajaos dentro de vuestro cuerpo

De igual modo, cuando hacemos el amor debemos tirar de nosotros mismos para volver al centro de la escena, esto es, para centrarnos y familiarizarnos con el interior del cuerpo. De este forma aprenderemos a alcanzar una completa relajación. Si estáis relajados, vuestra pareja está más relajada, y viceversa. Cuanto más nos relajemos, más llegaremos a involucrarnos en el ´momento presente´, y, a partir de aquí, la experiencia sexual puede surgir espontáneamente. La intensidad de la acción de proyectar el estado de conciencia hacia el interior y sobre la sensibilidad de los genitales sirve de estímulo durante la unión sexual para despertar la consciencia en el cuerpo. Cuando esto ocurre, el cuerpo se convierte entonces en un templo y el sexo en una meditación celestial.
Nuestra nueva forma de concebir el sexo es, en esencia, una permutación de la mente por el cuerpo; por ello, sugiero a los componentes de las parejas que cada uno se olvide del otro, que dejen a un lado sus personalidades y problemas, y que se concentren en su propio mundo interior. Cuando yo misma la puse en práctica, esta nueva concepción del sexo funcionó bien en mi caso, permitiendo que mi mente se colocase en un segundo plano y que mi cuerpo fuese la plataforma que creara mi realidad interior.
Habida cuenta de que los sentidos y la sensualidad se acrecientan en gran manera a través del estado de conciencia, y dado que el amor tiene su consumación dentro del cuerpo físico, tenemos que aprender a potenciar nuestra conciencia sensorial, así como sus sentimientos y percepciones. øQué es lo que está pasando en nuestros propios cuerpos? Y, øen dónde? Recordad que todo consiste en trasladar vuestra atención de la periferia al centro, desde un enfoque exterior de la mente hasta un enfoque interior del cuerpo. øQué es lo que estoy sintiendo y en dónde lo siento? øQué es lo que realmente siente mi cuerpo? øEn qué parte de mi cuerpo siento exactamente el despertar de la vida? øDónde está la luz aquí dentro? Con frecuencia sugiero a las parejas al comienzo de un cursillo que busquen por todo su cuerpo ´un lugar en el que se sientan como en casa; una especie de refugio acogedor´.
Cuando encontréis un espacio como éste, ocupadlo y descansad.
Dotadlo de luz y color; imaginaos que lo hacéis más grande.
Procurad tener una visión suya como aquél lugar de vuestro cuerpo en donde podéis encontrar arraigo y algo de paz. Puede ser el vientre, el corazón, los genitales, la espalda; cualquier lugar que no sea la cabeza. Esté donde esté localizado, tenedlo siempre presente en vuestro estado de conciencia y haced que crezca en vosotros la sensación de su existencia. Cuando de repente os deis cuenta de que habéis cogido el portante y marchado fuera, cosa que os sucederá a menudo, recordad que podéis volver siempre a casa en el momento que deseéis.
Lo normal es que estemos continuamente saliendo de nuestro espacio interior y volviendo a entrar en él, dejando fuera el espacio exterior. Es como si literalmente tuviésemos que entrar al interior de nuestro cuerpo para crear un espacio dentro de él y luego afanarnos continuamente en agrandarlo.
Por regla general, el espacio externo contiene más gente que el interno, de ahí que para ampliar éste tengamos que ´forzar´ sus límites a fin de practicar una abertura. Al principio del acto sexual, en esa fase en que cada miembro de la pareja mediante la expansión de sus respectivos espacios interiores concede en primer lugar tiempo y atención a su propio cuerpo, sucede algo muy parecido a como si el aire existente entre ambos cuerpos, y que normalmente los separa, cobrase de pronto actividad y se convirtiese en un campo magnético.
Es en ese momento cuando tenéis plena conciencia de la vida que contiene vuestro cuerpo; una vida que, a través del espacio que existe entre ambos, se irradia hacia fuera para comunicarse con el cuerpo y la presencia de vuestra pareja.
La percepción o conciencia interna del cuerpo es un fenómeno mucho más delicado que el proceso mental. Cuando los pensamientos atrapan nuestra atención, es difícil descender y entrar en la vastedad del cuerpo para poder así experimentar lo que realmente está ocurriendo en él. Dicho de otro modo: es difícil ´estar´ en el cuerpo. Un factor que contribuye a esta dificultad es el hecho de que al principio del acto sexual tengamos demasiadas prisas en que nuestro cuerpo entre en contacto físico con el otro.
Reducimos lo que de otro modo podría ser un maravilloso y prolongado intercambio amoroso a unos pocos y frenéticos segundos dedicados a conseguir algo placentero para nuestra pareja. Este comportamiento sexual produce el efecto de sacar a ambos amantes de sus respectivos estados de conciencia; es decir, los expulsa de cada uno de sus espacios interiores alejándolos de su propia casa.
En vez de ser dulces y simples, en vez de dejarnos caer hacia dentro y absorber a la otra parte del dáo amoroso, lo que hacemos es esforzarnos aán más y someter a esa otra parte a rozamientos, tocamientos y caricias. Nos convertimos en humanos que ´hacen´ y nos olvidamos de seres humanos que ´están´*.


Dejad que vuestro cuerpo os guíe

Practicad esta forma lenta de abordar el sexo realizando el siguiente ejercicio:

Ejercicio

Antes de empezar a hacer el amor permaneced en cama tendidos de costado y dándoos las caras; vuestros cuerpos tienen que estar un poco separados y sin que haya ningán punto de contacto entre ellos.
Apartad vuestro foco de atención de vuestra pareja y trasladadlo a vuestro propio cuerpo.
Cerrad los ojos durante unos instantes y sentíos a vosotros mismos retirando vuestro estado de conciencia del espacio exterior para colocarlo en el espacio interior. Imaginaos que estáis descendiendo por vuestra espina dorsal vértebra a vértebra hasta llegar al final de vuestra espalda, luego a la pelvis, para terminar conectando con la energía en la base de vuestro cuerpo y piernas.
Quedaos allí un instante y tomaos vuestro tiempo. Esto da vitalidad a cada uno de vuestros cuerpos antes de que los juntéis. Después de que transcurran varios minutos, abrid los ojos y miraos uno al otro, pero manteniendo el estado de conciencia en vuestros propios cuerpos. Respirad.
Relajad vuestras mandíbulas. Después de algunos minutos, lentamente, muy lentamente, avanzad hacia vuestra pareja pero manteniendo la concentración dentro de vosotros. Fundíos en un abrazo; ahora bien, cuanto más tiempo tardéis en esta acción, mejor. Comenzad uniéndoos por las puntas de los dedos y haced que el abrazo sea más un ´suceso accidental´ que una ´cosa hecha´.
Sed muy conscientes de todas y cada una de las partes de vuestro cuerpo y de su estado: de la piel, de la temperatura, etc. Pensad como si vuestros cuerpos se juntaran y se envolviesen entre sí.
Si sois capaces de aguantar el tiempo necesario sólo ´estando´, es decir, no ´haciendo´ nada, veréis como finalmente vuestros propios cuerpos, como si fuesen imanes, se sentirán atraídos entre sí hasta culminar en una íntima y dulce unión. Eliminad de vuestra mente cualquier clase de intención y pensad sólo que os estáis moviendo y acercando a alguien que amáis. Cuando acudimos al encuentro del amor con esta lenta sensibilidad, nuestro estado de conciencia, así como el de nuestra pareja, se expande considerablemente.
Las energías corporales también responden de manera vibrante a esta lánguida y sosegada aproximación.


También podéis realizar este ejercicio a modo de reencuentro y saludo después de estar algán tiempo separados. Antes de que os abracéis, tomaos un cierto tiempo, permaneced tranquilos y dedicad varios segundos a introducir en vuestro interior a vuestro estado de conciencia; por áltimo, aposentaos en vuestros cuerpos, piernas y pies. Una vez conseguido esto, seguid adelante de la manera más lenta posible hasta culminar la acción con el abrazo a vuestra pareja. Permaneced relajados, dejad caer vuestros hombros para que descansen, no hagáis esfuerzos físicos innecesarios y respirad con tranquilidad.
Con el estado de conciencia en vuestros respectivos cuerpos, dejad que éstos efectáen el saludo hasta fundirse juntos.
El arrastrar de este modo hacia el interior el estado de conciencia en vez de proyectarlo hacia fuera, crea un ambiente más sensitivo dentro del cuerpo. En efecto, bajo un estado de conciencia de este tipo, y al no tener la atención centrada en otros puntos, uno descubre sitios en su cuerpo de los que no tenía ni la más ligera idea de que poseyesen algán grado de sensibilidad. Extrapolando esto a la cuestión sexual, tenemos que admitir que cuando hacemos el amor lo más habitual es que los pensamientos relacionados con el orgasmo llenen de preocupación nuestra mente.
Si conseguís estar ´presente´ en vuestro cuerpo, empezaréis a ser conscientes de vuestra dimensionalidad, la cual no es otra cosa que un exquisito interior entre pecho y espalda que estalla de sensibilidad como si fuese una exhibición privada de fuegos artificiales.


Desconectad vuestra mente

Con esto lo que hacéis es trasladar el enfoque de la periferia al centro, de una expresión hacia fuera a una impresión hacia dentro, con lo que acrecentaréis la sensibilidad de vuestro cuerpo. El tantra hace que dejemos la sexualidad para volver al sexo.
En la actualidad, lo que hacemos es experimentar nuestra sexualidad en vez de la verdadera fuerza del sexo; y esto se debe a que la mente se ha convertido en una parte integral del coito. Para volver al estado natural y candoroso del sexo, tenemos que empezar por desconectarnos o disociarnos de la parte pensante que contiene. Quizá la mayor distracción que afecta hoy día al sexo sea la increíble capacidad de la mente para fantasear.
De hecho, la fantasía erótica se ha convertido en la fuerza propulsora de la vida sexual de mucha gente. Cuando hacemos el amor, a menudo nos dejamos llevar por la fantasía sexual; esto sucede porque no somos conscientes de lo que está ocurrido en el ´momento presente´. Nuestra atención no está en el ´aquí y ahora´ de nuestra pareja real, sino que está entretenida en la creación de otra pareja idealizada o de una situación imaginaria.
Este apartarse del ´momento presente´ hace que no experimentemos realmente la verdad del cuerpo y que, en su lugar, la mente utilice la fantasía para impulsarlo o motivarlo. Pero lo peor del caso es que la fantasía erótica es de hecho habitual, algo así como si estuviésemos repitiendo el mismo programa una y otra vez. Estoy segura de que casi todos nosotros hemos utilizado una imagen sexual, ya sea real o imaginaria, para excitarnos y mantenernos interesados en el juego del amor.
La mayoría hemos recurrido a la fantasía sexual para llegar al orgasmo con más rapidez ya que la imaginación nos ayuda a alcanzar el clímax. Es asombroso lo bien que funciona la imaginación en estos casos.
Casi nunca falla.
Tenemos, pues, que darle por los excelentes e inmediatos resultados que produce, la consideración de instrumento valioso en cuestiones de sexo. No obstante, la fantasía sexual puede ser un serio inconveniente si nos empuja fuera de la realidad y de la persona con la que estemos haciendo el amor en ese momento.
El tantra, en su sabiduría, tiene en cuenta esta poderosa facultad imaginativa de la mente y la estimula aconsejando que sea reencauzada hacia el interior del cuerpo. Con objeto de anular su negativa participación en el coito, la imaginación puede ser utilizada para estimular valiosos movimientos de energía dentro del cuerpo.
Y esto sucede porque más tarde o más temprano la energía seguirá a la imaginación. Todos lo hemos hecho alguna vez y sabemos como funciona. De esta manera, en vez de ser la imaginación una distracción en el juego sexual, le asignamos un papel positivo dentro del mismo. Por ejemplo: si comenzamos a imaginarnos que existen luz y círculos de energía dentro del cuerpo, o conexiones energéticas entre los polos positivo y negativo (dentro y fuera de uno mismo), o traslación de energía de un hombre a una mujer, o una mujer absorbiendo esta energía dorada, o energía que se irradia desde el corazón y los senos o que salta desde el pene, llegará un momento en que empezaremos a tener la impresión de que algo de lo anterior está realmente sucediendo. La imaginación puede visualizar la energía como una impetuosa corriente dorada o como un saltarín foco de luz, o incluso como un rayo.
Al parecer, las cuestiones imaginativas funcionan con más facilidad en el caso de los hombres.


Un retorno a la inocencia

Al principio puede que no se note mucho, pero vuestro estado de conciencia contribuye a avivar la energía y esto hace que ésta crezca y se extienda.
Hay personas que ´sienten la energía´ con más facilidad que otras. Si sois de los que les cuesta trabajo sentirla, usad vuestra imaginación y proporcionaréis con ello un gran apoyo a vuestro cuerpo.
En el supuesto de que tengáis la vaga sensación de que la energía se está moviendo dentro de vosotros, la imaginación servirá para que dicha sensación se intensifique. En estos casos, la mente se utiliza para pavimentar los senderos que forman los circuitos internos de energía, los cuales adquieren cada vez más dinamismo a medida que pasa el tiempo.
En la transición de la sexualidad al sexo, o, lo que es lo mismo, en el retorno del sexo a la inocencia del cuerpo, debemos tener presente que el primer paso es tener conciencia de la másica interna del cuerpo, mientras que el segundo es tenerla de los pensamientos.
Incluso aunque no estemos utilizando la fantasía en el coito, a menudo acuden a nuestra mente toda clase de pensamientos que en potencia suelen ser destructivos. Cuando tomamos conciencia de nuestros pensamientos, unos 50.000 al día, nos sorprende descubrir todo lo que hay dentro de nosotros que no conocíamos.
Al principio de mi vida sexual, en el preciso momento en que realmente estaba viviendo la clase de experiencia erótica que siempre había deseado, de pronto me sorprendía a mí misma, no sin horror, pensando en cosas que no tenían nada que ver con la situación en la que me encontraba. Me quedaba atónita al comprobar que en ese momento pensara en cosas tan banales como adónde iríamos esa noche a cenar.
Para mí era difícil involucrarme por completo en el acto sexual.
A partir entonces he ido descubriendo que la energía sexual es tan sutil y sensitiva que incluso un simple pensamiento repentino es suficiente para perturbar su natural flujo magnético.


Un proceso gradual

Incorporar el estado de conciencia a nuestro proceso mental no quiere decir que dejemos de pensar. No obstante, esto es algo que no podríamos hacer aunque quisiéramos. No podemos dejar de pensar y es ciertamente ahí donde está el problema.
No hay nada que directamente se pueda hacer en relación con el curso de nuestro pensamiento, si bien podemos abordar el problema de una manera indirecta.
El quid de la cuestión es darnos cuenta de que estamos pensando, de que nos estamos dejando llevar por una corriente de pensamientos. Con el simple hecho de notarlo romperemos el hilo de nuestros pensamientos y nos veremos catapultados hacia el ´presente´.
Con sólo percatarnos de que estamos pensando, nos desconectaremos o ´romperemos´ con la mente. Esto basta para que podamos retornar al ´presente´. No lo paséis mal iniciando un diálogo interior, puesto que al estar vosotros ausentes y no ´presentes´ el esfuerzo no tendría eficacia alguna; limitaos, pues, a volver al ´presente´ lo antes posible. Permaneced inmersos en el ´presente´, aferraos a la material y sensual consciencia de vuestro cuerpo hasta que vosotros mismos os sorprendáis de nuevo sumidos en vuestros propios pensamientos. Si ocurriese esto, volved inmediatamente a vuestro cuerpo. Se trata de un proceso, y lo que tiene de milagroso el estado de conciencia es que no tenéis que hacer absolutamente nada salvo permanecer alerta.
El simple acto de vigilar vuestros pensamientos, tomando conciencia de los patrones físicos relacionados con ellos, ocasionará un cambio.
La mente, además de tornarse más relajada, se siente más satisfecha e identificada con el cuerpo como si se tendiese un puente entre ellos. Cuando las parejas emprendan el viaje tántrico, es importante que sepan que se trata de un proceso gradual; es decir, de un cambio en la consciencia que no es en sí ni un cambio brusco ni una técnica. Vosotros no podéis hacer nada, sólo tenéis que ´estar´ en dicho cambio.
Es un constante proceso de refinamiento para crear un estado de quietud o tranquilidad que requiere tiempo.
Es un proceso que resulta átil si no buscáis grandes cambios o resultados inmediatos. Pero la mayoría de las veces no sucede así.
El cambio real se produce después de numerosos, y a veces invisibles, pequeños cambios que van arraigando en el cuerpo. Intentad daros cuenta de las cosas más pequeñas y menos evidentes que os sucedan, y también de cómo las sentís, en dónde las sentís y el placer que os dan. Una vez que se incorpora esta consciencia al cuerpo, el acto sexual empieza a transformarla haciendo de ella un manantial de amor que enriquece el cuerpo, la mente y el espíritu.


Puntos clave

  • El estado de conciencia de la mente y del cuerpo transforma la experiencia sexual en amor.
  • Trasladad el estado de conciencia desde el exterior al interior.
  • Este enfoque crea un ´punto de enganche´ dentro del cuerpo.
  • Neutralizad los pensamientos mediante la experimentación consciente de las sensaciones corporales.
  • Utilizad el poder de la imaginación para amplificar y expandir el movimiento de la energía.



<<

|

>>

Libros

|

Introducción

|

1

|

2

|

3

|

4

|

5

|

Revisiones

1999© Diana Richardson


river